Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás. - Salmo 50:15.
Cuando se piensa en los progresos de la tecnología, siempre quedamos fascinados por la velocidad con que trabajan los aparatos electrónicos, y aún se busca desarrollar computadoras que sean cada vez más rápidas.
Que se puedan fabricar máquinas tan veloces se debe a una ley de la naturaleza (por ende del Creador), a saber, que los impulsos eléctricos se propagan casi a la velocidad de la luz: 300.000 kilómetros por segundo.
Sin embargo, al compararla con los infinitos espacios del universo, aun la rapidez de la luz parece «lenta». Los astrónomos calculan las inmensas distancias interestelares en años luz (es decir, la distancia que recorre la luz en un año). Al referirse a este hecho, unos burladores sugirieron que una oración debía tardar un tiempo infinito hasta llegar al cielo.
Quienes expresan semejantes especulaciones no tienen en cuenta que Dios no está sujeto al espacio ni al tiempo. Él sabe cuáles son nuestros pensamientos “desde lejos” (Salmo 139:2), conoce nuestras dificultades antes de que las experimentemos y se las mencionemos.
A diferencia de nuestros aparatos electrónicos, con él no hay interrupción en la «línea», interferencia en el servicio o exceso de llamadas. Día y noche escucha a quien lo llame. “No está lejos de cada uno de nosotros”, dijo el apóstol Pablo a los atenienses (Hechos 17:27). Y cuando Dios dice: “Invócame en el día de la angustia”, esta invitación también vale para quien está preocupado por sus pecados.

